Son las diez de la mañana y Sandra se encuentra en el predio del patio de la cárcel. Está sentada en una silla playera junto a un hombre, su pareja. Los dos toman mate y comen bizcochos. La mujer, que lleva más de cinco años presa, estudia Psicología y trabaja limpiando los salones del centro educativo de la Unidad N°5 “Femenino” (Cárcel de Mujeres). Ella deja un segundo a su pareja para arrimarme un bloque de concreto para que me siente a su lado. Le consulta a su visita si tiene algún problema con la entrevista, este niega la cabeza y continúa cebando mate mientras saca un vigilante de la bolsa de bizcochos. Sandra se arregla el pelo, sonríe y tras la primera pregunta suspira y comienza a hablar. “Las visitas son pocas, como pudiste ver en la puerta de ingreso. Las mujeres no recibimos muchas visitas porque está muy mal visto en la sociedad que una mujer cometa un delito”, opina. Sandra, que hoy está acompañada, fue por mucho tiempo una de las tantas mujeres privadas de libertad que no recibía visitas.

Antes de 2012 ya tenía varios antecedentes por robos menores a kioskos y supermercados en el interior, pero en ese año cambiaría su vida por completo. Tras recibir 22 meses de condena por los asaltos que había cometido y cumplir solo cinco, Sandra volvió a ingresar a la cárcel, esta vez por intento de homicidio. La Justicia tipificó el caso como tentativa de homicidio, un delito grave de acuerdo al código penal, y fue castigada con ocho años de reclusión. Por si esto no fuera poco, a los meses de estar presa volvió a ser procesada, ahora por tráfico de drogas. A su pena anterior le sumaron seis años y medio más. 

Pero pasar 14 años encerrada no era lo que más le preocupaba. Por el delito de tráfico de drogas, Sandra perdió su libertad con dos de sus cinco hijos. Paolo, su cuarto hijo, también estaba involucrado en la red de narcotráfico y recibió 22 meses de condena a pagar en la Unidad N°4 Santiago Vázquez (ex-Comcar). “Tenía 18 años recién cumplidos y cayó solo en la cárcel. No había forma de comunicarse y si te enterabas de algo era a los días y porque te caía un mensaje de un número desconocido”, recuerda Sandra. Fue así como supo de los motines que padeció su hijo en el centro penitenciario masculino más grande del país.

Paolo no fue el único que se vio metido en el asunto. Daiana, su segunda hija, también se vio envuelta en el caso. Cuenta Sandra que cuando la policía llegó a su casa rompió todo el lugar, llegando a levantar las baldosas del piso. En el ínterin, Daiana forcejeó con una oficial y la golpeó. El juez le dio seis meses y terminó junto a su madre. “Cuando quise ver, a las horas la tenía a mi lado. No entendía nada”, recuerda Sandra, entre risas.

A pesar de tener tres hijos más, las visitas le fueron negadas, entre otras cosas, como castigo por penar una condena sobre la otra. Sin otra alternativa, decidió que quería pasar el menor tiempo posible en la cárcel y fue así que no llevaba ni dos horas en el recinto cuando ya buscaba una tarea para tener la cabeza ocupada. “Yo llegué y al rato de estar en la celda un operario gritó preguntando por las personas que salían a trabajar. Yo me escabullí entre ellas y así conseguí limpiar en el centro educativo”, relata.

Y Sandra, que tan solo contaba con la escuela terminada, también se puso a estudiar y en cuatro años completó el liceo. No obstante, no duda en aclarar que su proeza no fue por amor a la enseñanza. Tanto estudiar como trabajar reduce las penas dentro de la cárcel y fue así que en cinco años presa logró acumular tanto días como el equivalente a ocho años. Sin embargo, le tomaron en cuenta la mitad. Según explicó, es el juez quien decide si valora todo tu esfuerzo o no.

Aun así, tras esa resolución, la pena se redujo cuatro años y cuando una persona privada de libertad cumple más de la mitad de su condena puede apelar a la libertad anticipada. Con más de ocho años cumplidos, Sandra presentó su solicitud, pero a pesar de ser aprobada por el Instituto Nacional de Criminología (INACRI), fue rechazada por la Justicia. Esta se amparó en que no podía darle la libertad anticipada a alguien que estaba cumpliendo más de una pena a la vez. De todas formas, por su buena conducta le permitieron acceder a las salidas transitorias.

Sandra tiene 49 años y lleva más de cinco presa. Foto: Maximiliano Latorre

“Fue a partir de ese momento que empecé a ver seguido a mi familia, porque ni a mí ni a ellos nos gusta pisar la cárcel”, contó Sandra. Su comportamiento era tan bueno que le otorgaron 24 horas semanales para estar afuera, algo que no es común y menos para aquellos reclusos con condenas muy largas. Incluso le modificaron sus salidas tras un pedido suyo y ahora tiene 48 horas cada quince días.

El motivo de esa petición es la persona que está a su lado. Su compañero, Ricardo. Sandra lo conoció a través del “chat”, los mensajes que se envían al 1234 con esa palabra y permiten la interacción con personas desconocidas. Una especie de Tinder pero sin imágenes, en el cual el usuario envía sus intereses y datos y la plataforma le redirecciona mensajes de personas con gustos similares. Así es como Sandra y Ricardo comenzaron a hablar. Uno de los aspectos en común era que, al igual que ella, él también estuvo preso.

“Hace cuatro meses salí en libertad y no pienso regresar”, dice Ricardo mientras agarra fuerte de la mano a Sandra. Hace más de un mes que comenzaron a hablar y de momento todo marcha bien. Él la visita los miércoles y domingos además de acompañarla en las salidas transitorias. Quieren hacer una vida juntos. Sandra no tiene casa, dado que fue destruida en el allanamiento de 2012, pero Ricardo sí, y ahí quieren vivir.

Todos los hijos de Sandra aprueban su relación amorosa, excepto Daiana, que no sabe de su existencia debido a que se fue a vivir al campo cuando recuperó la libertad. Sin embargo, Sandra casi ni tiene contacto con ellos. “La vida siguió y hoy en día les perdí el rastro, se me hizo imposible estar encima de ellos”, explica Sandra mientras ceba un mate. Con quien mantiene más contacto es con su hija menor, Pamela, que está terminando el liceo y cada tanto la visita. Por esta razón es que la presencia de Ricardo cambió completamente su ánimo. Ella asegura que las visitas son fundamentales para la persona privada de libertad debido a que es una forma de liberación el estrés y la angustia que genera la cárcel.

Según Ana Folle, docente grado 4 del Instituto de Psicología Social de la Facultad de Psicología de la Universidad de la República, la visita para un preso involucra muchos elementos más que el simple hecho de ver a un familiar o amigo, sin disminuir la importancia que esto implica para el recluso. “El motivo o razón de la visita suele ser el tener un contacto con el exterior. Es fundamental para que continúe sabiendo lo que sucede en el país, en su barrio o en su casa porque de esta forma es que la persona privada de libertad siente que socialmente sigue teniendo un peso”, explica, y pone de ejemplo el caso de una mujer presa, para quien es muy importante el poder rezongar a su hijo por un error que haya cometido.

Hoy en día Sandra se siente bien, está estudiando, trabaja y tiene una pareja que la acompaña. A partir de los años que descontó, actualmente le quedan por cumplir 24 meses de los cuales pueden reducirse a la mitad con el estudio y el trabajo. Mientras tanto, se enfoca en seguir adelante y no mirar para atrás. Sabe que la libertad está en la esquina y cuando llegue, la abrazará con mucha fuerza.

Habitación de visitas conyugales de la Unidad Nº5. Foto: Faustina Bartaburu

La otra cara de la moneda

Gladys se crió junto a sus seis hermanos en Flor de Maroñas, en la zona del Hipódromo. Su vida dio un giro de 180 grados cuando a los 13 años falleció su madre. A partir de ahí comenzaría una serie de hechos que alteraría su vida para siempre. Luego de que su madre falleciera, su padre la abandonó junto a sus hermanos y el más grande de todos, con tan solo 19 años, se hizo cargo de la familia. Al año siguiente ocurrió otro hecho importante: quedó embarazada. Con tan solo 14 años, trajo al mundo al primero de sus cuatro hijos. Gracias a su pareja, aún así las cosas marchaban bien, pero todo cambió en 2004.

Según narra Gladys, tras el intento de violación de una sobrina, el padre de la víctima fue a buscar al hombre a la casa. Luego de realizarle varias apuñaladas, el hermano de Gladys asesinó al abusador y cuando la policía llegó, ella se hizo responsable del hecho. El juez sentenció el caso como “homicidio especialmente agravado” debido a que fue premeditado y con un arma blanca, Gladys firmó por 18 años en calidad de coautora y su hermano, quien luego fue culpado por el asesinato, fue sentenciado a 30 años de cárcel por ese asesinato y por otro más, aunque ella sostiene que no cometió este último.

Asumir el crimen que cometió su hermano le costó no solo su libertad, sino también que su familia la abandonara. Su pareja cortó todo tipo de relación con ella y no quiso que volviera a ver a sus hijos. “Se enojaron conmigo porque no pensé en mis hijos, no pensé en que se iban a quedar solos”, cuenta ella. A través de un pedido al juez de la causa, Gladys acordó con su expareja visitas supervisadas, pero esta solo cumplió una vez. Desde aquel momento, transcurrieron 12 años sin ver sus hijos. De todas formas, si lo desea, puede comunicarse con una asistente social y que esta dialogue con la jueza del caso para que sus hijos vayan a la cárcel, pero Gladys asegura que esa opción “es difícil” y elude seguir hablando del tema.

Folle dice que se debe hacer una distinción entre la población femenina y masculina en cuanto a las visitas: “Empíricamente se tiene entendido que la población femenina, simplemente por ser mujeres, son las que tienen integrados los cuidados de la familia, por lo que son ellas quienes visitan a sus familiares o conocidos y cuando sucede al revés, es más difícil que sean visitadas. Lo mismo sucede si es la jefa de familia. Es interesante estudiar esto porque, en términos generales, el hombre no tiene a su cuidado a los otros integrantes de la familia. Es por esto que los hombres no suelen visitar a las mujeres”.

Sin embargo, la docente desestima que las mujeres sean menos visitadas que los hombres porque esté mal visto en la sociedad, como se suele pensar. “Desde un punto de vista, puede chocar que una mujer cometa un crimen, pero yo lo dudo porque me pongo a pensar en cómo se ve ese accionar desde el sitio de donde viene, si realmente se distingue del crimen cometido por un hombre o si está mal visto. Me pregunto cuál es el lugar real que ocupa una mujer en el ambiente en el que se crió y vive”, explica.

 

La soledad de los miércoles

Es miércoles, día de visitas en la cárcel. El ruido avasalla los pasillos por los niños que corren y el cuchicheo de las decenas de charlas que se producen en los cuartos. Mientras Gladys me lleva hacia un comedor donde hay menos personas, nos cruzamos con familias que se reencuentran. Ella, cabizbaja, evita levantar la vista para observar. Luego de estar en un lugar más tranquilo, Gladys explica cómo afectan las visitas a los presos. “Las visitas son todo para una reclusa. Aunque venga con las manos vacías, la visita lo es todo. Te aleja de la cárcel”.

Es tan importante para una persona privada de libertad tener una visita que muchas veces se convierte en su motor para salir adelante. “Eso es lo que me hace mal a mí, fijate”, dice y me muestra sus brazos llenos de cortes. Gladys tiene en los brazos, desde los hombros hasta la muñeca, decenas de cicatrices que resultaron de autolesionarse con cuchillos. Cuenta que si no fuera por sus hijos y la esperanza de reencontrarse con ellos cuando termine de cumplir la condena, ya no estaría viva. Sin embargo, no ha sido fácil seguir adelante sin ver a sus hijos en estos últimos doce años.

“Estoy toda cortada, por angustia y dolor”, explica. Las autoflagelaciones en las prisiones son un hecho común por el cual el preso libera el estrés o la tristeza. En su caso, se deben a la falta de visitas y a la “psicopateada de las internas”, es decir, ataques o amenazas de compañeras de la cárcel. No obstante, dice que desde que ingresó, nunca tuvo efectivamente una pelea física con otra interna, salvo en una ocasión en la que discutió por problemas de convivencia y pasó una noche en el quinto piso de la cárcel, un lugar hoy clausurado pero que antes funcionaba como calabozo. Pero, a veces, lo que más duele son las palabras: “Te hacen la cabeza, que no te van a visitar porque no te quieren y esas cosas”.

Las personas privadas de libertad suelen autoflagelarse como forma de liberar estrés. Foto: Maximiliano Latorre

Gladys pasó los primeros siete años en la prisión de Cabildo. Allá, según ella, se manejan otras reglas que no se respetan en esta unidad. “Se perdieron los códigos, le faltan el respeto a la gente mayor, te quitan las cosas, hay muchos problemas. No es como en Cabildo que se respetaban a las visitas, a los niños”, comenta. Ella sostiene que fomenta que no haya problemas entre las internas, defiende que “la unión hace la fuerza” y que deben estar juntas para hacer que los días sean más llevaderos.

Antes trabajaba y estudiaba pero ya no se dedica a ninguna actividad dentro de la cárcel. Tampoco tiene salidas transitorias, a pesar de que ya cumplió más de la mitad de la condena. Hizo primero de liceo y también ingresó en el equipo de limpieza de la prisión, pero dejó todo porque el juez le comunicó que no le redimiría días de la pena debido al crimen que cometió. A pesar de que cualquier preso puede reducir su pena o acceder a salidas transitorias, Gladys sostiene que su obstáculo no es la ley sino el juez de su causa quien, según ella, no le acortar la pena ni le da visitas al exterior a aquellas personas que realizaron determinados delitos. Le quedan cinco años más.

Gladys se arrepiente de haber asumido el crimen de su hermano. “Creí que había hecho lo correcto pero con el tiempo me di cuenta que fue un error. Mis hijos están sufriendo mucho”, explica. El día que salga quiere irse a vivir con sus hijos. Una de sus hermanas es encargada en una empresa de limpieza y le aseguró que tendrá un puesto de trabajo cuando salga de la prisión.

Mientras tanto, toca esperar. Sin actividades y estudio, Gladys suele pasar sus días limpiando su cuarto y los días de visita, al estar encerradas, se queda en su habitación tomando mate con sus compañeras contándose anécdotas para hacer el tiempo un poco más llevadero. Y cuando está sola, suele escuchar música, sobre todo La Vela Puerca, banda cuyas letras son de su agrado. Pero en su rutina también se incluyen varios medicamentos, algunos de ellos bastante fuertes. Una de las pastillas que ingiere es Quetiapina, fármaco con efecto ansiolítico que suele usarse en casos de esquizofrenia, depresión o trastornos bipolares. También toma Diazepam y Amoxidal tres veces al día, “medicamentos necesarios” según ella, ya que los efectos de las pastillas la mantienen tranquila. Pero en ocasiones ni las pastillas le dan tranquilidad. “Hoy por ejemplo estoy triste”, confiesa.

A pesar de que la población masculina recibe más visitas que la femenina, en ambos casos se da una coincidencia: a menos visitas, más medicados están los reclusos. Ana Folle desconoce si el factor que impulsa el mayor consumo de medicamentos en las personas privadas de libertad es la falta de visitas, pero le llama la atención la coincidencia. Afirma que es un efecto que se da por no resolver el problema, por eludir la depresión o el malestar de las internas con pastillas en lugar de plantear o buscar la solución correcta. “La medicación no es una solución, es un escape, una postergación del problema. Creo que habría que investigar más seriamente esto, ya que se sabe que en la sociedad también son las mujeres quienes se medican más”, opina. “Una persona que no recibe visitas es más proclive a tener patologías, sentirse depresiva o situaciones similares”, argumenta.

Según la psicóloga, ante esa situación, lo que en realidad se hace es buscar que la persona que presente algún trastorno “no moleste”. Se le medica para que no haya problemas o porque no se encuentra una solución real para el inconveniente que se presenta. “Es un reflejo de lo que también sucede en la sociedad, con los adultos mayores o con la personas que presentan depresión o algún tipo de patología”, agrega.

Salidas transitorias, la visita en el exterior

“El 20, ahora salgo el 20”. En cada ocasión que puede, Alejandra repite la fecha de su próxima salida transitoria. Las salidas transitorias son el mayor grado de contacto con el exterior que puede alcanzar una persona privada de libertad antes de ser liberada, y se suelen otorgar a aquellas reclusas que no solo superaron la mitad de su condena sino que también cuentan con buenas devoluciones por parte de los operadores.

La conducta es clave. El comportamiento de los presos dentro de la prisión depende de cómo se lleve con sus pares, si tuvo problemas o participó en revueltas y también si trabaja o estudia. “Me gusta estar activa, me gusta trabajar”, dice Alejandra con entusiasmo. Ella trabaja en el predio de la cárcel pero además realiza varias actividades recreativas como participar en la escuela de candombe o formar parte del equipo de fútbol de la prisión. “Tengo un diploma de nuestro primer campeonato cuando le ganamos al equipo de la cárcel de las rosas (Unidad N°13). Ahora el 16 salimos de nuevo a la calle a jugar y en estos días tengo un evento. ¿Sabés que bailo candombe? Ah sí, yo me engancho en todo”, dice entre risas.

Pero no todo siempre le fue bien a Alejandra. Ingresó a la cárcel el 14 de abril de 2015 luego de haber cometido una rapiña. El juez le tipificó “rapiña agravante” porque no solo cometió el robo con una picana, sino que su nuera, menor en ese entonces, la acompañó. Firmó por cinco años y cuatro meses. “No sé qué me pasó ese día. Estaba re encanicada”, afirma, haciendo referencia a que había consumido varias “canicas” (psicofármacos). “Tenía problemas con mi pareja, tomé y viajé, viajé mal”.

Su actitud cambió desde su primer día de estadía en la cárcel. “Entré tranquila”, explica, agregando que se propuso hacer del tiempo que estuviera allí lo más ameno posible. Por eso decidió hacer la mayor cantidad de actividades posibles. Estar ocupada y concentrada le permitió tener buenas devoluciones por parte de los encargados de la cárcel y eso adelantó sus salidas al exterior, algo que una persona privada de libertad disfruta mucho más que una visita debido al contacto con el exterior y a la libertad de movimientos.

“Es gracias a la conducta de uno. Tengo buena conducta y no falto nunca a trabajar”, reitera. También cuenta que hace tres meses que obtuvo las salidas transitorias y que, en su caso, son 12 horas por mes. Aun así, cuando no sale, son su hermana y una hija las que la vienen a visitar.

La idea de Alejandra es poder reunirse con su familia cuando salga. Ella tiene 10 hijos, de los cuales cuatro viven con el padre y son los que aún dependen de un mayor. Si todo sale bien, podrá reencontrarse con sus hijos y quedarse con ellos, aunque eso depende de varias cosas. “Tengo que tener la casa, estar bien, darles un buen ambiente para vivir”, explica. Su buena conducta y que no tenga reportes negativos desde que ingresó son factores positivos para lograr su objetivo, según le explicó el juez. Antes de ser apresada, se dedicaba al cuidado de niños. Si tiene suerte, a lo sumo podría tener un año más de condena y salir antes gracias a que redime días por trabajo. “Vamos a ver. Cuando me digan ‘Romero, juntá tus cosas que tenés la libertad’, agarro las fotos de mis hijos, algunas prendas y me voy”.

 El rincón infantil es una de las habitaciones de la Unidad Nº5 destinada a los más chicos en los días de visita. Foto: Faustina Bartaburu

Por Maximiliano Latorre